Las palabras a veces son fáciles. Las palabras en ocasiones son sencillas. A veces, las palabras, surgen espontáneamente, de una forma muy natural. Como si ya las llevaras dentro y sólo tuvieras que expulsarlas. A veces es simple decir lo que quieres, expresar las cosas...
...Pero hoy no me parece tan sencillo. El amasijo de sentimientos que llevo dentro no sé como expresarlo con palabras. No me sale. Es como cuando los auriculares de mi iPod se me lían de tal forma, que no hay manera de desenredarlos. Supongo que es posible hacerlo, pero hoy no tengo paciencia...
El grado de madurez de la uva es lo que marca el momento óptimo para su cosecha. Desde la primavera, los pequeños e incipientes brotes van desarrollándose progresivamente hasta que, a principios de otoño, la vid está preparada para una nueva temporada de vendimia.
Estos últimos rayos de sol que recibe la uva a principios de cada otoño son de vital importancia para su adecuada maduración, para que cada grano de uva alcance su tamaño y color final, su sabor definitivo. Sin el sol la acidez no podría transformarse en dulzura, eso no sería posible.
En otoño siempre me da por pensar en el paso del tiempo, sí, esa cosa a la que siempre intento no dar importancia. Debe ser porque la declinación de los días se hace más evidente. Al empezar cada uno de los últimos otoños, me he preguntado si yo ya habré alcanzado mi grado óptimo de madurez, o si por el contrario ya será demasiado tarde para recoger la cosecha.
Siempre, cada otoño, hay cosas que me hacen pensar que soy una fruta inmadura. Parece que no dejo de cometer errores a diario, en cosas en las que se supone que ya debería tener la experiencia suficiente. Como cada otoño, me pregunto si será posible ya. Si será posible alcanzar mi mejor momento. Si todavía estoy a tiempo.
Parece que el objeto de este blog sólo sea lanzar preguntas al aire, a diestro y siniestro, de manera indiscriminada. Por un lado mi personalidad, lo que define mi espíritu, es así, necesito hacerme muchas preguntas, cuestionármelo todo. Pero por otro, creo que no he elegido unos temas sobre los que sea fácil emitir respuestas claras, sencillas.
A veces pienso que, dado que las respuestas no llegan, tal vez éstas estén implícitas en las propias preguntas, y que las recibo a modo de eco. Sólo hay que aprender a escuchar el silencio. A veces, sólo a veces, pienso que mi destino es ese, cuestionarlo todo, hacerme mil preguntas sin respuesta. Quizá sea la forma que tiene mi espíritu de demostrar su existencia, formular una pregunta tras otra. Sin esperar respuesta.